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La crisis en Oriente Medio se intensifica, ahondando la brecha entre los 7,1 millones de judíos y los dos millones de árabes israelíes. Las restricciones en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, donde los soldados controlan el acceso, han generado indignación y frustración entre los participantes. Mahmud Hamad, un residente de la ciudad, expresó su descontento con la situación, afirmando: No somos Gandhi, lo siento. ¿No hay justicia? No hay paz”.
La guerra en Gaza ha exacerbado la fractura interna en Israel. Los ciudadanos árabes, que representan el 21,1% de la población, se sienten discriminados y privados de derechos. Muchos expresan su indignación y malestar, a pesar de no estar de acuerdo con las acciones de Hamas. Los relatos de trato humillante y sistemático por parte de las fuerzas de seguridad son comunes, y muchos sienten que su identidad y derechos están siendo erosionados.
Un número significativo de palestinos en Jerusalén, como Hamad, nunca han aceptado la ciudadanía israelí y mantienen el estatus de residente permanente. Este estatus es común entre los descendientes de los árabes que vivían en la región antes de 1948, año de la creación del estado de Israel. Sin embargo, este estatus no equivale a la plena ciudadanía, y muchos residentes permanentes se sienten como ciudadanos de segunda o incluso de tercera clase.
La desigualdad socioeconómica es una realidad palpable en Israel, con las escuelas árabes recibiendo menos fondos y los ingresos de las familias árabes siendo inferiores en un 40% en comparación con las familias judías. Sin embargo, a pesar de la frustración y la indignación, muchos árabes israelíes mantienen la esperanza de cambio. Como dice Hamad: ¡Vivimos en la esperanza! Si la perdemos, lo perdemos todo.
